El Napoleón del crimen nació un 31 de octubre de 1846 en Londres, Inglaterra hijo de padres
aristócratas de buena familia siempre obtuvo lo mejor de lo mejor, ya fuera ropa, juguetes,
pero sobre todo educación a pesar en su infancia estuvo más interesado en las artes
marciales de diversos tipos la cual mantuvo durante toda su vida, pero cuando tenía 7 años a
su padre con engaños y mentiras esparcidas por una familia contraria a las posiciones
políticas de su padre logró que su puesto en la cámara de los Lores fuera tomado por un
pariente lejano, la deshonra que abatió a su padre después, logró que Moriarty se diera
cuenta que la fuerza bruta no lo es todo cuando se trata de ganar la guerra. En esta fecha en
adelante se destaco por su gran habilidad científica-matemática-deductiva, estudio historia,
arte, ciencias, literatura, biología, un poco de medicina, esta sed de conocimiento despertó
una sed más poderosa e insaciable… la del poder. Al salir de la universidad con diversos
títulos obtuvo un puesto en la Sociedad Londinense de Matemáticas en la cual en poco
tiempo se volvió uno de sus dirigentes y más destacados científicos.
A la par de su gran desarrollo profesional y social, la sed de poder que tanto lo consumía lo
llevo a tener una segunda vida que nadie conocía, en el mundo del crimen fue conocido
como… el único “Consultor Criminal” del mundo, su trabajo consistía en proteger a casi todos
los criminales de Inglaterra a cambio de su obediencia y una parte de sus ganancias, esto lo
llevo a tener bajo su poder la criminal mejor organizada y eficaz.
Pero la vida tan monótona y fácil para alguien de su intelecto quería ser retado quería tener
alguien con quien “jugar” así que con el grande avance en popularidad del “Detective
Consultor” se podía esperar menos del Consultor Criminal, así que con laboriosos y
complejos casos obtuvo la atención de Sherlock Holmes y es así como su vida giro
solamente en su deseo de demostrar al mundo, a Sherlock y así mismo que él era
el mejor del mundo que no el grandioso Sherlock Holmes podía con su gran
intelecto.
Murió a manos del Sherlock en las cataratas de Reichenbach el 4 de mayo de
1891, aunque su ingenio logro que el mismo detective lo nombrará su
archienemigo el único hombre cuyo genio era por lo menos igual de brillante que el
suyo, en palabras de Sherlock Holmes:
“Es el organizador de la mitad de los delitos y de casi todo lo que no llega a descubrirse en esta gran ciudad. Ese hombre es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Posee un cerebro de primer orden. Permanece inmóvil en su sitio, igual que una araña tiende mil hilos radiales y él conoce perfectamente todos los estremecimientos de cada uno de ellos”

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